La valla del jardín europeo

Melilla / Nador Noviembre 2022

Vallas infinitas, inexpugnables y tentadoras, vallas dobles, triples y cuádruples, concertinas prohibidas, estrujadas y afiladas, concertinas hirientes, torturadoras y vejatorias, cámaras inteligentes, infrarrojas y omnipresentes, cámaras estúpidas, falsas y estropeadas, torres de vigilancia con aire acondicionado y garitas roñosas con guardas aburridos, fosos en excavación permanente y fosos aptos para cocodrilos. Bienvenidos a Melilla, una de las fronteras del jardín europeo en territorio africano.

Las vallas, las concertinas, las cámaras, las torres y los fosos son puertas al campo mastodónticas para cerrar el acceso a los ‘otros’, a los que no queremos conocer. No queremos saber porqué se juegan la vida cruzando medio continente. No nos interesan sus guerras ni su hambre. No queremos reconocer su derecho a tener una vida mejor. Una vida de la que nosotros disfrutamos por pura casualidad genética.

Y los pocos que lo logran, después de sufrimientos indescriptibles durante el trayecto hasta llegar a las vallas, las concertinas, las cámaras, las torres y los fosos, se ven obligados a dar explicaciones y a justificar porqué abandonan sus hogares, sus familias y confiar que les sea concedido un salvoconducto provisional que les permita malvivir, con el alma en vilo, en el jardín europeo.

En territorio marroquí, al pie del macizo del Gurgú, refugio insalubre de estas personas que esperan su oportunidad para escalar la valla, esquivar las concertinas, burlar las cámaras, evitar los guardas aburridos y superar los fosos, había una red de solidaridad de la población local. Pequeños comercios donde podían comprar comida, proveerse de agua y cargar los móviles. Pero la presión de la policía marroquí se lo pone muy difícil.

Miles de dramas humanos pasan cada día en esta frontera. Como el caso de una mujer embarazada que había alquilado los bajos de una casa en Nador. Los propietarios cerraron la puerta por fuera con un candado para evitar que la policía sospechara que había alguien. La mujer se puso de parto, sola, y no se atrevió a chillar pidiendo ayuda. Cuando llegaron los propietarios era demasiado tarde, el bebé nació muerto.

Y el problema no es si las muertes del 24 de junio se produjeron en territorio español o marroquí, ni que los intentos de acceder al jardín europeo se considere un ataque la soberanía nacional, ni que el ministro Marlaska esté en la cuerda floja por su gestión, ni que el rey Mohamed tenga su palacio de Nador listo por si un día le apetece ir. La cuestión es que las vallas, las cámaras, las torres y los fosos hacen la función de filtro mortal de nuestro racismo y nos permite seguir viviendo en nuestra burbuja mientras perdemos el tiempo debatiendo si la pelota salió de la línea de fondo, si el penal estuvo bien pitado o si el gol se marcó en fuera de juego.

Ésta realidad se produce a menos de dos horas de vuelo de Barcelona. Ryanair ofrece más de un vuelo semanal por poco menos de 100 € desde la Terminal 2 del aeropuerto de El Prat. Es un trayecto que hacen muy a menudo jóvenes cooperantes que dedican los mejores años de su vida a luchar contra la infamia de las vallas, las cámaras, las torres y los fosos. Trabajan en ONG que ofrecen soporte legal a los migrantes, en organizaciones religiosas que atienden las necesidades médicas de los heridos y en organismos internacionales que visibilizan el problema. Y lo hacen a pesar de las trabas del gobierno marroquí, la desidia de las autoridades españolas y el desinterés de la sociedad melillense, demasiado acostumbrada a vivir en el lado ‘bueno’ protegidos de las fieras de la jungla.

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